La capilla de las Maravillas: el secreto irlandés bajo el centro de Valladolid

Bajo la calle Constitución de Valladolid, la antigua capilla de las Maravillas conserva la memoria de Red Hugh O’Donnell, Cristóbal Colón y el desaparecido convento de San Francisco.

Cada día, miles de vallisoletanos recorren la calle Constitución sin prestar atención al suelo. Miran escaparates, entran y salen de comercios y hasta se prueban zapatos, sin ser conscientes de que, unos metros más abajo, bajo el pavimento, el hormigón, la tierra y siglos de olvido, sigue latiendo la memoria proscrita de Irlanda.

Aunque no lo sepan, allí abajo Red Hugh O’Donnell podría seguir esperando que alguien lo encuentre. Príncipe de Tír Chonaill y líder del clan O’Donnell, fue una de las figuras centrales de la resistencia irlandesa frente al avance inglés a finales del siglo XVI. Su vida condensa la épica oscura de su tiempo: secuestrado a los quince años para impedir una alianza entre los O’Donnell y los O’Neill, sobrevivió al cautiverio en el castillo de Dublín y protagonizó una fuga legendaria. Pero el invierno irlandés cobró su precio. Durante aquella huida sufrió un proceso de congelación tan severo que acabó perdiendo los pulgares de ambos pies.

Recreación visual de Red Hugh O’Donnell vinculada a su muerte en Simancas

Este detalle que podría parecer solo una curiosidad más de su biografía, hoy es la clave que podría facilitar la identificación de sus restos, si durante las excavaciones se localiza un esqueleto al que le falten esos dedos.

¿Cómo termina un príncipe del norte de Europa bajo el corazón comercial de Valladolid?

Red Hugh O’Donnell nació en 1572. Hijo de Sir Hugh MacManus O’Donnell, rey de Tír Chonaill, desde muy joven quedó atrapado en el tablero político de su tiempo. O’Donnell se convirtió pronto en una pieza demasiado valiosa para dejarlo en libertad. El poder inglés no podía permitir que Hugh O’Donnell lograra la unión de los grandes clanes del norte.

La pérdida de los pulgares durante aquella huida invernal no es el mero adorno de una biografía extraordinaria. Es mucho más que eso. Explica por qué, más de cuatro siglos después, los arqueólogos buscan en Valladolid una señal física, mínima y brutal. Una característica particular capaz de identificar a un hombre que entró en la historia por la guerra y quizá siga bajo el asfalto por el olvido.

De Kinsale a La Coruña: la última esperanza irlandesa

Tras huir de su cautiverio en Dublín, Red Hugh fue nombrado jefe de su clan al llegar al Ulster. Durante la Guerra de los Nueve Años, encabezó la resistencia irlandesa junto a Hugh O’Neill. Este conflicto puso en tensión el dominio inglés en la isla y abrió la posibilidad de una alianza estratégica de los irlandeses con España.

De este modo, Felipe III vio en Irlanda la oportunidad de hacer frente a Inglaterra en las Islas Británicas. El monarca depositó sus esperanzas en la campaña de Kinsale a la que envió un contingente de unos 4500 hombres y 33 barcos. Sin embargo, la operación terminó siendo un  desastre. En enero de 1602, a pesar del entusiasmo mostrado por las tropas españolas, la superioridad táctica inglesa aplastó la rebelión debido a la falta de coordinación entre las tropas hispanas y las fuerzas irlandesas.

Tras su derrota en Kinsale, O’Donnell no encontró otra opción que embarcarse hacia España para reclamar a Felipe III el cumplimiento de sus promesas militares. Llegó primero a La Coruña, donde fue recibido con honores, y desde allí se dirigió a la Corte en Valladolid.

A pesar de la urgencia de Red Hugh O’Donnell por concretar los planes para la invasión de Irlanda de la mano de la corona española, los tiempos de la corte vallisoletana parecían avanzar a su propio ritmo. Mientras todavía esperaba la respuesta de Felipe III, O’Donnell enfermó y murió ese mismo año en el castillo de Simancas, lejos de Irlanda y sin ver cumplida la ayuda que había venido a buscar. Con él desaparecía una parte decisiva del proyecto político y militar que había unido, por un instante, a Irlanda, España e Inglaterra en un mismo tablero. Valladolid, de forma inesperada, se convirtió en el último escenario de aquella derrota.

Simancas, el testamento y los honores de la muerte

A pesar de que la figura de Red Hugh O’Donnell posee todo el atractivo de una historia legendaria, la presencia de O’Donnell en Castilla no pertenece al territorio de la leyenda: dejó una huella documental precisa.

En el Archivo General de Simancas situado en el mismo castillo que vio morir a Hugh O’Donnell se conserva su testamento. Un testamento que nos permite acercarnos al final de su vida desde un ángulo mucho más humano y desprovisto de épica. Ya no estamos únicamente ante el jefe militar que buscó el apoyo de Felipe III. Ni ante el príncipe derrotado en Kinsale. Estamos ante un hombre desterrado, preocupado por cómo atender sus últimas deudas, que muestra su lealtad y señala sus últimas voluntades mientras ve cómo su causa política se desvanece a las puertas de la muerte.

Exterior del castillo de Simancas, sede del archivo donde se conserva documentación histórica vinculada a Red Hugh O’Donnell.

Basta una primera lectura para entender la fuerza de este tipo de documentos. En ellos, la Historia deja de ser una sucesión de batallas y se convierte en nombres propios, promesas y últimas decisiones. De este modo, se hace patente cómo el papel sobrevive a los hombres, a las capillas y al trazado de las calles modernas para recordarnos dónde mirar.

Testamento de Red Hugh O’Donnell conservado en el Archivo General de Simancas
Testamento de Red Hugh O’Donnell conservado en el Archivo General de Simancas.


Al final, lamentablemente, Felipe III no le concedió en vida a O’Donnell lo que este tanto ansiaba. Murió sin las tropas que había venido a reclamar; sin poder invadir con ellas Irlanda y recuperar su tierra ni el ejército que le hubiera permitido regresar en busca de su honor. Sin embargo, el monarca sí le otorgó honores tras la muerte. Las crónicas describen el cortejo fúnebre como una celebración excepcional para un extranjero. El cadáver fue trasladado en un carro de cuatro ruedas preparado para la ocasión, acompañado de oficiales de Estado y la guardia real escoltando al príncipe irlandés bajo la luz de las antorchas hasta el lugar en el que recibiría sepultura: la capilla de las Maravillas.


Aquel imponente funeral fue un último reconocimiento político al aliado vencido. Felipe III despedía con solemnidad al hombre que había buscado en España la última posibilidad de mantener viva la resistencia frente al poder inglés y que el monarca no había sabido atender.

Los ecos de aquellos fastos funerarios no tardaron en cruzar las fronteras y en llegar a Irlanda, donde el poeta irlandés Thomas McGreevy inmortalizó el luctuoso suceso en los siguientes versos:

“Y todo Valladolid lo sabía

Y en Simancas todos lo sabían

Dónde enterraron a Red Hugh”.

La ironía es obvia: la ciudad lo sabía, pero la ciudad también olvida. O, al menos, pavimenta.

Colón y la capilla de los muertos ilustres

O’Donnell no fue el único gran nombre vinculado a la capilla de las Maravillas. En ese mismo lugar del convento de San Francisco, recibió su primera sepultura Cristóbal Colón en 1506.

No es una simple coincidencia funeraria; es una forma rotunda de recordar que la Historia también iguala por abajo. En un mismo subsuelo, el almirante cuya expedición cambió para siempre los límites del mundo conocido y el príncipe irlandés que traspasó fronteras para intentar salvar las de su patria, acabaron compartiendo, durante un tiempo, la misma tierra y el mismo olvido.

Después, los restos de Colón iniciarían un largo periplo funerario a ambos lados del Atlántico. Los de O’Donnell, en cambio, quedaron ligados a una búsqueda mucho más incierta bajo los restos del antiguo convento de San Francisco.

Placa del convento de San Francisco de Valladolid con referencias a Cristóbal Colón y Red Hugh O’Donnell
Placa conmemorativa del antiguo convento de San Francisco de Valladolid.


La capilla de las Maravillas no interesa solo por lo que fue, sino por lo que revela: la distancia que media entre la importancia histórica de un lugar y su visibilidad actual.

La ciudad que pavimenta su memoria

Resulta difícil asimilar que una de las principales calles comerciales de la ciudad fuera, en el siglo XIII, el límite urbano de Valladolid.

El convento de San Francisco se construyó extramuros, frente a la antigua plaza del mercado, la actual Plaza Mayor. Durante siglos, aquel complejo religioso respiró con la urbe. Fue lugar de culto, de enterramiento y de prestigio, albergando en su interior la capilla de las Maravillas.

La desamortización de Mendizábal, en 1836, decretó el final del convento. El solar se transformó, la ciudad cambió de piel y donde antes hubo claustros y sepulturas acabaron apareciendo viviendas, hoteles y grandes almacenes.

Ahí radica la verdadera fuerza de la arqueología urbana: su capacidad para interrumpir la normalidad. La ciudad contemporánea se nos presenta como un bloque sólido, definitivo y cerrado, obligándonos a vivir de espaldas al pasado hasta que una zanja que se interpone en nuestro camino nos fuerza a mirar abajo.

Allí donde hoy se escucha el bullicio cotidiano, antes hubo silencio monacal, estrategias internacionales y cuerpos llegados desde el mar. Valladolid no es solo la superficie que pisamos. También es sus entrañas: lo que fue demolido, cubierto y silenciado.

Una ciudad no está hecha solo de los monumentos que conserva, sino de las ausencias que ha decidido cubrir. A veces, la Historia no está delante de los ojos para ser admirada. Está debajo de los pies, esperando su momento.

Y en ese mismo convento de San Francisco, por cierto, también fue sepultado Álvaro de Luna, el gran valido de Juan II, poco después de que su cabeza rodara por el cadalso en la Plaza Mayor de Valladolid.

Pero esa, desde luego, ya es otra historia.